Cuando pensamos en el autismo, solemos asociarlo con dificultades en la comunicación o en la interacción social. Sin embargo, detrás de esas manifestaciones hay un terreno menos explorado pero igualmente fundamental: la manera en que el cerebro percibe al mundo a través de los sentidos. La visión, la audición y, sobre todo, la forma en que ambos se integran, juegan un papel decisivo en el desarrollo de las habilidades cognitivas, lingüísticas y sociales. Comprender estas diferencias perceptivas nos acerca a una visión más completa del autismo, no solo como conjunto de dificultades, sino también como un perfil sensorial y cognitivo distinto, con vulnerabilidades y fortalezas como cualquier otro.

Durante mucho tiempo, las investigaciones en Trastorno del Espectro Autista (TEA) se centró en los déficits. Hoy sabemos que también existen fortalezas cognitivas. En el autismo, se describen patrones como la atención al detalle, la capacidad de hiperfoco y la afinidad por reglas y sistemas (Maw et al, 2024). Incluso en la dislexia y el déficit atencional con hiperactividad (TDAH), que son otros trastornos del neurodesarrollo, aparecen ventajas específicas, como el procesamiento divergente o la creatividad. Una hipótesis sugerente es la del reciclaje neuronal, que plantea que cuando ciertas áreas cerebrales no siguen una ruta típica de especialización, pueden reorganizarse para potenciar otras habilidades. Así, lo que se considera una debilidad en un dominio puede convertirse en fortaleza en otro.

La visión en el autismo: entre luces, detalles y rostros

En el plano visual, los hallazgos son tan variados como consistentes en un punto la visión en el autismo es diferente, pero no necesariamente peor. Simmons y sus colaboradores (2009) resumen los síntomas más reportados: hipersensibilidad a la luz, fascinación por patrones visuales repetitivos, búsqueda de estímulos brillantes o giratorios, y una marcada preferencia por los detalles locales sobre la imagen global.

Esto se traduce en un estilo perceptivo que explica, por ejemplo, el buen rendimiento en tareas de búsqueda visual o figuras ocultas, pero también la dificultad para integrar contornos o interpretar escenas complejas. El procesamiento de rostros merece una mención aparte: en lugar de fijar la mirada en los ojos, como suele hacer un individuo neurotípico, las personas con TEA tienden a dirigirla hacia otras zonas, como la boca, o a rasgos aislados, lo que impacta en la lectura de emociones y la interacción social.

Los problemas oculomotores son otro punto clave. Se han descrito fijaciones más largas , sacádicos menos eficientes y seguimiento ocular irregular. En algunos casos, hay alteraciones de la estereopsis (es decir, la visión en 3D) y de las vergencias, que dificultan la coordinación binocular. Estas diferencias pueden estar relacionadas con una vulnerabilidad en la vía dorsal del sistema visual en el cerebro (Hay et al, 2020) que es la responsable del movimiento y el control visuomotor. Con esto se explica en parte la presencia de ataxia óptica o simultagnosia en algunos niños con TEA con afectación motora severa.

Las teorías que intentan explicar estas características son varias. La de la coherencia central débil propone que el autismo se asocia a una dificultad para integrar la información global. La de la disfunción ejecutiva lo vincula a problemas en el control atencional y la flexibilidad cognitiva. La hipótesis de la vía dorsal vulnerable se centra en las alteraciones de las redes del movimiento y el procesamiento del espacio. Y la más reciente, la teoría del funcionamiento perceptual aumentado que sostiene que lo que define al autismo es un estilo de procesamiento potenciado en el nivel perceptual, que da lugar tanto a fortalezas como a dificultades.

La audición en el autismo: sonidos que abruman

El perfil auditivo en el autismo es igualmente complejo. Poulsen y sus compañeros (2024) destacan que muchas personas en el espectro presentan hipersensibilidad auditiva, dificultad para filtrar ruidos de fondo, habituación reducida a estímulos sonoros repetitivos y condiciones asociadas como hiperacusia, misofonía o fonofobia. No se trata solo de incomodidad, estas experiencias tienen un impacto directo en la vida social, generando ansiedad, evitación y sobre carga emocional en ambientes cotidianos.

En cuanto a la pérdida auditiva periférica, las revisiones son claras: no existe evidencia concluyente de que el TEA aumente la prevalencia de hipoacusia (Beers et al, 2013). Sin embargo, las evaluaciones audiológicas son particularmente difíciles en esta población y los diagnósticos deben apoyarse en pruebas objetivas como las otoemisiones, los potenciales evocados o la timpanometría para evitar confusiones.

Es interesante que incluso déficits auditivos mínimos en rangos que clínicamente se consideran normales, pueden marcar la diferencia. Demopoulos y Lewine (2016) demostraron que variaciones sutiles en umbrales auditivos, especialmente alrededor de los 2000 Hz (frecuencia crítica para percibir y discriminar consonantes) se relacionan con dificultades en el lenguaje expresivo, receptivo, articulación y conciencia fonológica. Esto significa que no basta con decir «oye bien» o «tiene audición normal», en el autismo, pequeñas limitaciones auditivas pueden repercutir de manera significativa en el acceso al lenguaje y a la comunicación social.

La integración audiovisual: cuando los sentidos no se sincronizan

Si la visión y la audición muestran diferencias por separado, la integración entre ambos sentidos revela uno de los puntos más críticos. En los niños con desarrollo típico, la señal visual precede levemente al sonido y permite al cerebro anticipar lo que va a escuchar, facilitando la comprensión del habla. En el autismo, en cambio, varios estudios muestran que esta relación está desincronizada e incluso invertida.

Ronconi y colaboradores (2023) observaron que en el TEA la integración audiovisual depende de procesos tardíos y excesivamente guiados por el canal auditivo, lo que genera una tendencia a segregar en lugar de integrar estímulos multisensoriales. Wang y su equipo (2025) encontraron que, en lugar de que la visión de la boca mejore la codificación del habla (como ocurre en la mayoría de los niños), en el autismo la señal visual interfiere y dificulta la comprensión. A nivel neurofisiológico, se registra un desfase de hasta 180° en la sincronización neural entre las señales auditivas y visuales, lo que significa que cuando el cerebro está listo para procesar lo auditivo, lo visual está fuera de tiempo, y viceversa.

Este hallazgo tiene implicaciones enormes, explica por qué muchos niños dentro del espectro autista muestran poca atención al habla, dificultades para seguir conversaciones cara a cara o preferencia por entornos menos dinámicos. En otras palabras, la raíz de algunos problemas de comunicación podría no estar solo en el lenguaje, sino en la sincronización sensorial del cerebro.

Sobre la privación sensorial y el riesgo de autismo

El vínculo entre sentidos y autismo también se observa desde otra perspectiva: la privación sensorial temprana. Do y sus compañeros (2016) demostraron que los niños con discapacidad visual tienen un riesgo 31 veces mayor de ser diagnosticados con TEA, mientras que los niños con discapacidad auditiva tenían un riesgo 14 veces mayor. Ahora bien, esto no significa causalidad directa, pero sí muestra que la falta de estímulos visuales o auditivos en los primeros años puede alterar la forma en que se construyen las bases de la comunicación y la cognición social.

Todas estas investigaciones apuntan a una idea central: El autismo debe entenderse también desde la dimensión sensorial. La visión y la audición no son canales secundarios, sino pilares del neurodesarrollo. En el TEA, la forma distinta de procesar los estímulos no solo moldea el estilo perceptivo, sino que influye directamente en el lenguaje, la cognición y la interacción social.

Por eso, la valoración sensorial en personas con TEA no es un aspecto opcional, es una herramienta indispensable para comprender mejor su experiencia, ajustar los apoyos clínicos y educativos, y reconocer que, más allá de las dificultades, existe una diversidad perceptiva que nos abre nuevas formas de entender la mente humana.

Bibliografía consultada:

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