Cuando hablamos de ambliopía solemos pensar en un «ojo perezoso». Sin embargo, la realidad es más compleja y, al mismo tiempo, más fascinante. La American Academy of Ophthalmology (AAO) define la ambliopía como una reducción de la agudeza visual en uno o ambos ojos a pesar de que las estructuras oculares estén sanas. Y es que el problema no está en el ojo: está en el cerebro, que durante los primeros años de vida recibió una estimulación desigual y terminó configurando sus circuitos visuales de forma incorrecta.
Esto no solo afecta la agudeza visual (capacidad de ver detalles finos), sino también la sensibilidad al contraste, la capacidad de enfoque a distintas distancias (acomodación) y, sobre todo, la integración binocular. En otras palabras, la ambliopía es un trastorno del neurodesarrollo visual: no es el ojo el que falla, sino el cerebro que no aprendió a ver correctamente.
El abordaje clínico: entrenar al cerebro
La práctica clínica, según las guías de la AAO, inicia corrigiendo los errores refractivos con gafas, que en muchos niños es suficiente para lograr mejoras significativas en la visión. Cuando la ambliopía persiste, se recurre a la estimulación diferencial, ya sea oclusión con parches o penalización farmacológica con atropina. El objetivo no es «curar el ojo», sino forzar al cerebro a usar las vías debilitadas y reorganizar sus circuitos gracias a la plasticidad neuronal.
Actualmente sabemos que el parche, aunque efectivo, no siempre favorece la binocularidad e incluso puede inducir el riesgo de «ambliopizar» el ojo sano. De ahí que hayan cobrado fuerza las terapias visuales dicópticas (con estímulos distintos en cada ojo) y las estrategias de estimulación neurosensorial con lentes polarizadas o viedojuegos activos. Aunque la evidencia científica aún es limitada, estas propuestas buscan algo fundamental: estimular al cerebro de manera más natural y binocular.
Lo que nos dicen las neurociencias
Hallazgos cerebrales
La investigación reciente confirma que la ambliopía y el estrabismo son trastornos de redes cerebrales complejas. En niños, Black y sus colaboradores (2021) demostraron déficits en atención visual y funciones ejecutivas, incluso cuando usaban ambos ojos. Peng y sus compañeros (2021) encontraron menor conectividad interhemisférica en cerebelo y los lóbulos frontal y temporal, vinculando la ambliopía con alteraciones en la coordinación motora, la integración sensorial y factores emocionales como ansiedad y depresión.
En adultos, otro estudio (Liu et al, 2022) mostró que la conectividad de la corteza visual primaria (V1) hacia áreas más parietales y occipitales permanece reducida, lo que refleja una reorganización cortical persistente más allá de la infancia. En conjunto, estos hallazgos evidencian que la ambliopía impacta tanto en funciones perceptuales básicas como en procesos cognitivos superiores, justificando que la rehabilitación no se centre solo en la agudeza visual, sino en potenciar redes cerebrales de atención, memoria e integración espacial.
Ambliopía y cognición
El panorama sobre la cognición en la ambliopía es diverso. El estudio de Gitsels y compañía (2020), con un gran cohorte poblacional, concluyó que la ambliopía no afecta significativamente el rendimiento académico global, salvo en casos estrábicos o mixtos. Pero investigaciones más recientes y con metodologías más objetivas, como la de Mao y su equipo (2024), con pruebas neuropsicológicas estandarizadas, encontraron déficits claros en atención visual y memoria de trabajo, junto con un curioso perfil compensatorio en multitarea. Es decir, la ambliopía puede limitar funciones cognitivas específicas, incluso bajo visión binocular.
Y aún hay más, Niu y sus colaboradores (2025) mostraron que en niños con ambliopía no solo se alteran los potenciales visuales evocados, sino también la conectividad cerebral en las bandas alfa y beta del electroencefalograma, claves para la atención, el aprendizaje y la memoria. Esto sugiere que la ambliopía puede dejar huellas más profundas en el desarrollo cognitivo de lo que tradicionalmente se pensaba.
Impacto motor y psicosocial
Los estudios de Rakshi y su equipo (2024a, 2024b) confirman que la ambliopía también afecta la coordinación ojo-mano, la motricidad fina y la velocidad de lectura, tanto en niños como en adultos. Además, revelan un fuerte impacto psicosocial: menor autopercepción de sus propias competencias o aptitudes, miedo a perder el ojo sano y, en casos de estrabismo, preocupaciones estéticas y dificultades sociales. Es decir, la ambliopía es también un trastorno de la calidad de vida que acompaña a la persona más allá de la infancia.
La neuroplasticidad como oportunidad
Según Thompson y compañeros (2024), la plasticidad en la ambliopía se explica por dos mecanismos: la neuroplasticidad hebbiana, que fortalece las conexiones entre neuronas que se activan juntas, y la homeostática, que regula la actividad global de la red. Ambos pueden jugar a favor o en contra: mantener la supresión del ojo ambliope o reactivar sus conexiones cuando la terapia estimula adecuadamente.
Lo más relevante es que la plasticidad no desaparece al terminar la infancia. Aunque el período crítico (ese tiempo en que las conexiones son más maelables y adaptativas), es una ventana ideal, la evidencia muestra que en la edad adulta aún existe plasticidad residual que puede aprovecharse para mejorar la visión. Esto abre la puerta a tratamientos más efectivos, más allá de los primeros años de vida.
Neurorehabilitación: entrenar al cerebro para volver a ver
La clave, entonces, no está en «curar el ojo», sino en entrenar al cerebro. Las terapias actuales apuntan a mejorar no solo la agudeza visual, sino también la integración binocular y los procesos cognitivos asociados: atención, memoria de trabajo, coordinación motora, etc. Estrategias como el aprendizaje perceptual, las terapias dicópticas y los videojuegos activos representan un cambio de paradigma: se pasa de un enfoque monocular y pasivo a un enfoque binocular, activo y neurocognitivo.
Toda esta evidencia converge en un mismo mensaje: la ambliopía no es simplemente un «ojo vago», sino un cerebro subestimulado y reorganizado. Su tratamiento, por lo tanto, no puede limitarse a mejorar unas líneas de la cartilla de Snellen, sino que debe entenderse como un proceso de neurorehabilitación que aprovecha la plasticidad cerebral para reaprender a integrar y coordinar la visión. En otras palabras: tratar la ambliopía es entrenar al cerebro para volver a ver mejor.
Bibliografía
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- Liu, L.-Q., Li, Q.-Y., Zhang, Z.-H., Wu, S.-N., Shu, H.-Y., Zhang, L.-J., Liang, R.-B., Pan, Y.-C., & Shao, Y. (2022). Altered functional connectivity of primary visual cortex in adults with strabismus and amblyopia: a resting-state fMRI study. Journal of Integrative Neuroscience, 21(1), 1–8. https://doi.org/10.31083/j.jin2101004
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- Peng, J., Yao, F., Li, Q., Ge, Q., Shi, W., Su, T., Tang, L., Pan, Y., Liang, R., Zhang, L., & Shao, Y. (2021). Alterations of interhemispheric functional connectivity in children with strabismus and amblyopia: a resting-state fMRI study. Scientific Reports, 11, 15059. https://doi.org/10.1038/s41598-021-92281-1
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- Rakshit, A., Majhi, D., Schmid, K. L., Warkad, V., Atchison, D. A., & Webber, A. L. (2024b). Fine motor skills, reading speed, and self-reported quality of life in adults with amblyopia and/or strabismus. Investigative Ophthalmology & Visual Science, 65(13), 48. https://doi.org/10.1167/iovs.65.13.48
- Thompson, B., Morrone, M. C., Bex, P., Lozama, A., & Sabel, B. A. (2024). Harnessing brain plasticity to improve binocular vision in amblyopia: An evidence-based update. European Journal of Ophthalmology, 34(4), 901–912. https://doi.org/10.1177/11206721231187426





