La retina y el sistema nervioso central

La frase «los ojos son la ventana del alma» nunca había cobrado tanta relevancia y significado para mí como cuando escuché a la Dra. Elena Salobrar en un curso explicarnos su trabajo en la Universidad Complutense de Madrid, específicamente estudiando cómo, desde la retina, se podían obtener señales tempranas de enfermedades como el Alzheimer y el Parkinson. Allí entendí que esa frase se traducía como el título de un artículo que encontré hace unos años: «la retina es la ventana al cerebro» (Ptito et al 2021).

Con esta publicación pienso considerar seis artículos que me han llamado bastante la atención y que muestran cómo desde la retina, una extensión del cerebro, podemos llegar a conocer y prever enfermedades que hasta el momento se detectaban cuando ya estaban avanzadas. Esto es un logro en el abordaje y tratamiento de estas patologías ¿no les parece?.

¿Por qué se dice que la retina es parte del cerebro? Bueno, porque tiene su mismo origen embrionario, cuenta con los mismos neurotransmisores y la microglía. Su arquitectura laminar refleja las conexiones corticales, tanto en el procesamiento vertical como horizontal. También comparte las barreras hemato-neuronales y también una susceptibilidad a la neurodegeneración (esto es clave en el tema que nos ocupa en este momento). Por estas cosas es que los investigadores han visto en la retina una forma no invasiva de explorar el cerebro con técnicas ópticas de alta resolución.

Por ejemplo, en el caso del Parkinson, Huang y colaboradores (2020) hicieron un metanálisis en el que revisaban qué se había reportado sobre cambios estructurales en la retina y su relación con el Parkinson. Esto mediante exploración con OCT (tomografía ocular computarizada). Las características más relevantes fueron un adelgazamiento significativo de las capas internas de la retina (ganglionar, plexiforme interna, e incluso en lo que se conoce como la capa de fibras nerviosas de la retina). También encontraron una correlación entre la pérdida dopaminérgica y la acumulación de α-sinucleína; es decir, la retina posee células dopaminérgicas (células amacrinas e interplexiformes), estas células pierden dopamina en los casos de parkinson por lo que se altera la transmisión visual hacia las células ganglionares, y la acumulación de α-sinucleína se correlaciona con la severidad de la enfermedad. Esto refleja la degeneración de las células ganglionares y sus axones, como una manifestación estructural de los procesos del cerebro (Huang et al, 2020; Soto Linan et al, 2025).

En los estudios, tanto en animales como en humanos, en los que se ha analizado la actividad retiniana con la prueba ERG (electrorretinograma), se ha encontrado  una reducción de la amplitud de la onda b, lo que indica una disfunción de la sinapsis entre el fotorreceptor y la célula bipolar correspondiente. También se redujo la respuesta fotópica negativa, que refleja la alteración en las células ganglionares retinianas, que son las que envían la información al cerebro (Soto Linan et al, 2025). Esto tenemos que verlo como una acción análoga a lo que estaría aconteciendo en el cerebro posteriormente.

¿Cómo lo podemos entender? El Parkinson afecta primeramente al sistema dopaminérgico, y parte de ese sistema se encuentra en la retina. Cuando las células dopaminérgicas fallan allí, y la  α-sinucleína se acumula, entonces se interrumpe la comunicación entre las capas internas, las células ganglionares se degeneran así como sus fibras. Lo más interesante es que estos cambios aparecen antes de los síntomas motores. Es por esto que los autores de este meta análisis concluyen en que la retina puede ser un biomarcador estructural del proceso neurodegenerativo dopaminérgico del Parkinson (Huan et al. 2020).

¿Y qué pasa en el Alzheimer?

La Dra. Salobrar y sus colaboradores (2019) analizaron cómo variaban las funciones visuales y la morfología de la retina con el avance del Alzheimer. ¿Qué encontraron en su estudio? Detectaron una reducción a la sensibilidad al contraste, la agudeza visual y la discriminación cromática en los individuos con la patología. A nivel estructural encontraron adelgazamiento de la capa de fibras nerviosas de la retina, las células ganglionares y la capa plexiforme interna (como en los casos de Parkinson). Es interesante que en los casos de Alzheimer fase moderada, encontraban más bien un engrosamiento paradójico en capas externas, pero se atribuye a neuroinflamación. Estos investigadores encontraron una alta correlación entre las medidas visuales con el OCT y el puntaje en la prueba cognitiva (Mini Mental State Examination). Entonces, en el Alzheimer tenemos que los déficits perceptuales y estructurales de la retina van relacionados con el deterioro cognitivo, los cambios en esta enfermedad tienen su eco visible en la retina. La función visual se convierte en una puerta para detectar la enfermedad cerebral.

En otro estudio sobre el Alzheimer, un amplio grupo de expertos de varios países analizaron la presencia de proteínas β amiloide y tau en la retina, dos proteínas patológicas centrales del Alzheimer, aunque actúan en diferentes fases, sus efectos se superponen y se potencian mutuamente. La  β amiloide forma placas extracelulares neurotóxicas que afectan la sinapsis, la plasticidad y la comunicación neuronal, mientras que la proteína tau se desprende de los microtúbulos dentro de la neuronas y forma ovillos neurofibrilantes que interrumpen el transporte axonal provocando muerte neuronal. ¿Qué pasó con este estudio? Que encontraron de estas dos proteínas en la retina de personas que aún estaban en fases muy inciales de la enfermedad y por ello se han considerado unos biomarcadores moleculares precoces (Gaire et al, 2024). La retina contiene las mismas proteínas patológicas que el cerebro, por lo que puede monitorizarse de manera no invasiva, la «ventana al cerebro» se abre incluso a nivel molecular.

Este hecho de que la retina refleje procesos neuroinflamatorios y neurodegenerativos que también acaecen en el cerebro, hace que esta estructura ocular sirva como biomarcador, tanto en las dos patologías que comentaba anteriormente como en otras más. Un ejemplo bastante interesante es la revisión sistemática que Zinhani y compañía realizaron sobre los artículos que relacionaban hallazgos de la retina con el diagnóstico de fibromialgia. Las principales variables en los estudios fueron las capas de fibras nerviosas y la plexiforme interna, y las relacionaron con síntomas clínicos como dolor, fatiga y disfunción cognitiva. Según este estudio, los pacientes con fibromialgia presentan una reducción significativa en el grosor de la capa de fibras nerviosas de la retina, con pérdida de la función de los axones de las células ganglionares; en la capa plexiforme interna se encontró un adelgazamiento que sugiere alteraciones en transmisión neuronal y en la actividad sináptica.

¿Cómo fue la correlación clínica en los estudios sobre fibromialgia? A menor espesor de la retina, mayor intensidad del dolor y peor desempeño cognitivo. En algunos de los estudios que analizaron se detectó una relación directa entre el grosor de la capa de fibras nerviosas y los niveles de fatiga o trastornos del sueño, se sugiere que por neuro inflamación y sensibilización central que ocurren en el cerebro y que se reflejan también en la retina. En el caso de la fibromialgia, hay que tener en cuenta que los tamaños muestrales de los estudios analizados fueron pequeños, lo que afecta la estandarización de los resultados.

La exploración ocular ya no se limita solo a la salud visual. Hoy sabemos que ese pequeño tejido que tapiza el fondo del ojo puede hablarnos del pasado y del futuro del sistema nervioso. La retina se ha convertido en un biomarcador accesible, una interfaz entre la neurología y la optometría/oftalmología, un punto de encuentro entre percepción y cognición. La próxima vez que observemos un fondo de ojo, quizás estemos mirando algo más que la visión: estaremos observando, en silencio, una parte visible del cerebro humano.

Sobre el autor

Esteban Goñi es optometrista y audiólogo, con formación en ciencias cognitivas y un interés profundo en comprender cómo el cerebro construye la percepción. Su trabajo integra la clínica, la neurociencia y la divulgación científica, con especial énfasis en la visión, la audición y su relación con la cognición. A través de este espacio, busca tender puentes entre la evidencia científica y la práctica real, invitando a mirar los sentidos no solo como canales de entrada, sino como sistemas activos que moldean nuestra experiencia del mundo.

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