La discusión sobre la luz azul se ha polarizado entre dos extremos, quienes la consideran estimulante y beneficiosa para el rendimiento mental y quienes la ven como una amenaza silenciosa para nuestra salud ocular y cerebral. Pero, antes de adoptar una postura es conveniente empezar por lo básico.
¿Qué es la luz azul realmente?
No es más que una porción del espectro de luz visible, más o menos entre los 380 nm y los 500 nm de longitud de onda. Estas son longitudes con mayor energía que longitudes más largas (que corresponderían a la luz verde, naranja, roja). No es una entidad especial ni tampoco artificial, forma parte de la luz solar que hemos recibido a lo largo de la historia. Su relevancia ha crecido en los últimos tiempos producto de la aparición de las luces led, pues la luz blanca que generan (en pantallas, lámparas…) tiene una concentración nada despreciable de luz azul (recordemos que la luz blanca está compuesta por todas las longitudes de onda visibles). Lo que a mí me llama poderosamente la atención es que nuestro sistema visual posea un circuito particularmente sensible a esas longitudes de onda.
Aquí entra en escena unas células que es imposible no nombrarlas cuando se habla de luz azul, ya que son la razón misma de que esta radiación nos tenga estudiando tanto. Estas son las conocidas como ipRGC, cuyo nombre completo sería «células ganglionares de la retina intrínsecamente fotosensibles», estas células contienen melanopsina, el pigmento fotosensible que interactúa con el fotón y activa la cadena de reacciones para enviar la señal bioeléctrica al cerebro. Pues resulta que el pico de sensibilidad de estas células está cercano a los 480 nm, justo en el rango de la luz azul, y no participa en la formación de imágenes. Su función principal está relacionada con la regulación circadiana, la suspensión de la melatonina (no es lo mismo que melanopsina aunque tienen relación funcional) y la modulación del estado de alerta.
Y me atrevo a decir que ese proceso de detección de luz no es lo más asombroso de estas neuronas. Integran la información que proviene de conos y bastones también, esto le permite codificar tanto los cambios rápidos como niveles sostenidos de iluminación, porque en comparación con los conos y bastones (fotorreceptores visuales), las ipRGC son lentas en respuesta como tal, pero son de activación constante. Y proyectan hacia áreas que no son prácticamente visuales, como son los núcleos hipotalámicos, así como los talámicos y regiones corticales que se vinculan al control ejecutivo.
Precisamente por esas conexiones se ha relacionado a las ipRGC, y en consecuencia la luz azul, con fenómenos fisiológicos como los reflejos pupilares y la regulación del ciclo circadiano. Entonces, aquí es donde surge una cuestión:
Si la luz azul puede modular la alerta ¿puede también influir en la cognición?
Los estudios de neuroimagen han mostrado que durante la exposición a luz azul (onda corta) se incrementa la activación en regiones asociadas al control ejecutivo, como la corteza prefrontal, la corteza cingular anterior y el tálamo. Sin embargo, como decía un profesor, «mayor activación no implica necesariamente mejor desempeño».
En varios estudios conductuales en los que se evaluaron tareas de inhibición, flexibilidad cognitiva, tiempo de reacción o memoria de trabajo no encontraron mejoras consistentes. En algunos casos, incluso, reportaron evidencia a favor de una ausencia de efecto conductual por la luz azul.
Entonces tenemos por un lado que a nivel de neuroimagen hay evidencia de un efecto, pero a nivel conductual parece no haberlo. Lo que tenemos claro es que la activación neural no equivale automáticamente a mejora conductual.
Una posible explicación a esto podría ser que la activación inducida por la luz azul no alcance el umbral funcional suficiente para llegar a modificar la conducta en los estudios observacionales. Otra posible razón es que la luz azul podría estar modificando el nivel basal de activación cerebral (arousal), sin necesariamente mejorar la precisión, la inhibición o la memoria de trabajo en pruebas conductuales estándar.
Recordando el modelo de Yerkes – Dodson, el rendimiento sigue una curva de U invertida. Más activación no siempre es mejor, incluso puede ser hasta contraproducente. La luz azul podría estar desplazando el nivel de activación dentro de esa curva, y podría ser que su efecto dependiera del estado previo del individuo: nivel de fatiga, cronotipo, hora del día, carga cognitiva y motivación.
Aquí se hace necesario meternos (sin profundizar) en la cronobiología. La luz azul suprime la melatonina y puede desplazar las fases circadianas. A su vez, el sueño es determinante para la consolidación de la memoria, para la atención sostenida e incluso el control inhibitorio. Tal vez la influencia de la luz azul sobre la cognición no sea inmediata ni directa, sino mediada por la arquitectura del sueño y la regulación circadiana.
En otras palabras, no necesariamente mejorar el rendimiento en el momento, pero podría modificar las condiciones biológicas que sostienen la cognición a mediano plazo.
Entonces, ante la pregunta ¿La luz azul influye realmente en la cognición?, la respuesta no es un sí o un no rotundo. La respuesta necesitaría de otras preguntas:
¿En cuál dominio de la cognición?
¿Bajo qué condiciones de exposición?
¿En qué momento del día?
¿En qué tipo de población?
Actualmente tenemos evidencia que sugiere que la luz azul activa circuitos relevantes para el estado de alerta y puede modular redes prefrontales y talámicas. Pero aún no hay pruebas contundentes de que, en condiciones de laboratorio bien controladas y exposición aguda, produzca mejoras conductuales consistentes en tareas clásicas de control ejecutivo.
Entonces, me atrevo a decir que la discusión no está cerrada, sino que más bien comienza. Porque comprender cómo una señal luminosa que impacta en la retina puede influir en redes corticales asociadas a pensamiento y memoria no es solo una cuestión de iluminación ambiental. Es una puerta para entender cómo el entorno moldea el cerebro y, quizás, la mente misma.
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