¿Se han puesto a pensar cuántos cálculos debe hacer nuestro cerebro y cuántas conexiones deben interactuar entre sí cuando vemos un rostro de alguien y sentimos confianza o desconfianza? Vamos a ver, lo pongo así: Percibimos la imagen del rostro gracias a los fotones que son reflectados de la superficie facial de nuestro amigo, y que nuestro ojo recolecta y transfiere ópticamente a la retina, donde unas neuronas super especializadas traducen la energía de esos fotones en una cascada de reacciones bioquímicas que de alguna forma activan de manera organizada y elaborada redes complejas de células (neuronas, glía…); hasta aquí todo era cuestión de luz, de óptica. ¿Qué pasa luego? Gracias a la ciencia hemos logrado conocer e ir comprendiendo el proceso hasta este punto, pero ¿Cómo pasamos de esas señales y energía a formarnos un juicio moral sobre la seguridad que esa persona puede representar para nosotros? Resulta que esas redes complejas se activan de forma organizada y especializada. Por ejemplo, las líneas de los rostros, los bordes de las distintas estructuras que componen la cara son analizadas de forma muy básica en zonas posteriores del cerebro, se ha visto que incluso hay una organización a modo de columnas que responden según sea la información del ojo derecho o del izquierdo. Hasta aquí no hay ninguna diferencia con respecto a ver letras, o ver simplemente rayas, líneas al azar. Pero estamos hablando de ver rostros. Entonces, la pregunta inquietante aquí es ¿en qué momento se transforma esa información bioeléctrica en esa sensación de seguridad que me da ver un rostro que inspira confianza?

Antes de ingresar a la maestría académica en ciencias cognoscitivas, sumaba unos trece años de docencia universitaria, dando clases sobre ruido y audición, así como sobre óptica fisiológica. Había pasado una gran parte de mi vida estudiando los sentidos con una perspectiva bastante neurológica, y creía que lo entendía todo, o que al menos ya sabía qué era lo que necesitaba aprender, mi cabeza tenía un mapa (en ese momento creía que era completo) sobre las áreas que debía estudiar para conocer más sobre la neurociencia de los sentidos. Y nada más alejado de la realidad. Mi decisión de incurrir en el campo de las Ciencias Cognitivas era porque sabía que incluía las neurociencias, pero no tenía mucha idea clara de lo que implicaban sus otras aristas. Hasta que tuve mi primer curso de Filosofía de la Mente.

A esa aula entré siendo un materialista sumamente positivista, sin saberlo, creyéndome que todo se explicaba con la ciencia y lo que no, era porque no existía. Primero fue la vieja idea de los qualia, en todos estos años no le había prestado atención al fenómeno subjetivo de la percepción, ¡yo! ¡que me creía sumamente perspicaz en el asunto de la percepción! Me di cuenta del iceberg que es la conciencia, aunque quizás sea más preciso compararla con un agujero negro. Luego, durante la maestría, esas perspectivas filosóficas, las fenomenológicas, y su conjunción con la neurobiología me hicieron entender que para comprender la percepción visual es necesario entender que hay una relación entre esos fotones que desencadenan la activación de redes neuronales y esa parte tan desconocida de la conciencia que nos hace tener experiencias subjetivas.

Ver un rostro no tendría mayor relevancia para nosotros que el hecho de ver un rayón en una superficie. Solo percibiríamos líneas y contrastes. Pero esos fotones en la retina desencadenan una serie de pensamientos en nosotros, que nos llevan a activar áreas que se activan únicamente cuando vemos un rostro humano (el giro fusiforme de rostros se ha adjudicado al procesamiento exclusivo de caras aunque actualmente hay debate al respecto), y entre más familiar sea mayor será la actividad. Se ha reportado que el cerebro no registra el rostro como una serie de elementos, sino como un todo, vemos ojos, nariz y boca de forma inseparable cognitivamente, si la persona utiliza anteojos, en seguida los incorporamos a la imagen mental que tenemos de su rostro, el cual ahora tiene como intrínsecas las gafas. Y esto se vuelve más interesante. Resulta que con los años que llevamos viendo rostros, hemos aprendido que las posiciones de las diversas estructuras de la cara pueden indicar estados mentales que solemos comparar con estados mentales que nosotros hemos tenido y por lo tanto, nos hacen tener una idea de lo que la persona estará sintiendo en ese momento que la estamos viendo (Teoría de la Mente). Pues, para eso es necesario activar regiones más allá de lo que se denomina corteza visual (área del cerebro dedicada al procesamiento visual), áreas como el lóbulo frontal que tiene que ver con toma de decisiones y pensamientos complejos, así como la amígdala que tiene que ver con miedo y emociones de otros tipos (aquí estoy siendo muy escueto) se ven involucradas en este procesamiento visual que mueve emociones.

¿Se dan cuenta? De unos paquetitos minúsculos de energía pasamos a emociones como el temor o la confianza. De física óptica pasamos a temas que la ciencia aún no logra concebir plenamente. De fotones a emociones, así de asombroso es nuestro cerebro, y así de asombroso es cuando entendemos que la visión es más que refracción. Y es que la visión es nuestro principal punto de apoyo con el mundo que nos rodea, nos ayuda a desenvolvernos pero también nos moldea. La mayoría de nuestros miedos y de nuestras alegrías vienen de estímulos e información que recolectamos con la vista.

Por eso pienso que a quien no le parezcan interesantes las neurociencias visuales y de la percepción es porque aún no se ha dado cuenta de hasta dónde llegan estos temas y cuántas preguntas inquietantes aún estamos por descubrir. No sé, pero yo pienso quedarme en primera fila para presenciar el hallazgo de tantas respuestas de las que ahora apenas estamos aprendiendo a formular las preguntas. Y por este espacio les compartiré todo lo que vaya descubriendo sobre el tema junto con mi forma de verlo aplicado a la optometría.