Por qué ningún sentido rehabilita en solitario, sino que moldea al cerebro entero

¿Se puede existir separado de la percepción? Es decir, ¿cabe tan siquiera la capacidad en nuestra mente de imaginarnos cómo seríamos si no tuviéramos percepción? Imagina que estás en un bosque, a oscuras, no se ve la luna y no hay otro modo de iluminación, todo es negro, no logras vislumbrar ni siluetas ni contrastes; de repente, todo queda en un silencio profundo y absoluto, no logras ni siquiera escuchar tu propia respiración. En ese momento, el sentido del tacto se intensifica y tu cerebro invierte la mayor parte de sus recursos para procesar esa información que de repente se ha vuelto tan importante. Y si también perdieras ese sentido ¿Qué te quedaría? Por supuesto, mientras te pedía que imaginaras esto yo también lo estaba haciendo, y en mi cabeza me pensaba en un estado emocional de tremenda alerta, consciente de las últimas informaciones sensoriales que tuve y con un gran temor por sentirme tan vulnerable. Es que los sentidos son nuestro puente con el entorno, con el mundo, incluso con nuestro propio cuerpo. La percepción es tan intrínseca al ser que es la que condiciona nuestra existencia.
No sé cuándo ni cómo inicia nuestra actividad consciente, pero desde ese momento comenzamos a recibir información, comenzamos a sentir, a darnos “cuenta” de que la energía está allí fuera y que viene de diversas formas. En ese momento, esas diversas formas de energía nos comienzan a estimular distintos receptores que nos han crecido en nuestro cuerpo, y dependiendo de la conexión de esos receptores a nuestro cerebro, así le asignaremos un nombre distinto a esa energía que estamos recolectando; más adelante, ya completamente integrados al mundo, llamaremos a uno de esos tipos de energía luz, al otro sonido, al otro presión o tacto, y descubriremos que esa energía provoca modificaciones químicas y variaciones que también podemos sentir, como el sabor de las cosas o su aroma. Nuestro cerebro prácticamente se activa con la estimulación de lo sensorial.
Pero de poco sirve recolectar esa energía, sentirla, si no hay un cerebro que la procese y la analice. La energía es información, cantidad infinita de información; depende de nuestros receptores y de nuestro nivel de análisis la cantidad de información que seamos capaces de obtener del entorno. Por ejemplo, una mosca común (drosophila) tiene un sistema visual que ha sido bastante estudiado y que nos ha guiado muchísimo en el estudio de la visión humana, tiene una corteza visual que detecta bordes y dirección de los movimientos, pero por su “simplicidad” cerebral quizás sea solo un poco más lo que puede procesar y analizar. Difícilmente podría sentir nostalgia al ver la fotografía de la mosca que le rechazó en un cortejo previo ¿Por qué? Porque aunque recoge los mismos fotones que nosotros, la información que son capaces de interpretar está limitada por su modelo cerebral. Nosotros en cambio, contamos con una capacidad de generar memoria episódica autobiográfica que ha sido previamente entrenada y desarrollada por la información visual que estuvimos recolectando (bueno, digo visual porque es de la que estamos hablando en este ejemplo, pero la memoria autobiográfica se nutre de todos los sentidos).
Entonces, tenemos clara la idea de que necesitamos de los sentidos para la interacción con el entorno, que al final de cuentas, dicha interacción es determinante en nuestra supervivencia. Tanto una mosca como nosotros contamos con estrategias efectivas para relacionarnos con el mundo según nuestros intereses. También tenemos claro que la predisposición de nuestro cerebro ayuda a determinar la información que somos posibles de aprovechar. Pero la percepción, el procesamiento que le damos a esa información, también tiene la capacidad de moldear al cerebro mismo.
El cerebro más exitoso suele ser el más plástico porque este mundo, nuestro entorno, es cambiante nunca estático. Las condiciones y la información varían a cada momento. Unas líneas arriba te comentaba de la memoria episódica autobiográfica ¿puedes imaginar algún evento que te haya pasado sin recurrir a la información visual, auditiva o táctil que hayas obtenido? Y esa información que recolectaste con los sentidos y procesaste con la percepción ha moldeado, a menor o mayor grado, la forma en la que has afrontado o afrontarás situaciones en las que haya información similar a esta que guardaste en tu memoria. El hecho de que la percepción influye sobre nuestro cerebro, y por extensión en nuestras emociones y cognición, se está demostrando cada vez más.
Pero después de pensar en esto, una pregunta que me viene es ¿qué tanto influye sobre mi ser1 la modificación de alguna vía perceptual? Me parece imposible pensar que no hayan cambios en el ser cuando las vías que lo definen son modificadas. Muchos aceptan esta idea cuando se trata de estimulación infantil, pero no cuando hablamos de percepción en adultos. Este modelaje no es algo que se da solamente en los primeros periodos de la vida, sino que también nos continúa moldeando a lo largo de ella, incluso en sus últimas etapas.
Siempre que pienso en cómo la percepción influye en la neuroplasticidad cerebral pienso en la ambliopía. En el famoso “ojo vago” se da un reordenamiento neural y reasignación funcional de varias áreas del cerebro; lo mismo sucede con la ceguera (tanto congénita como adquirida). Las zonas que habitualmente son dedicadas a percepción de una vía, en este caso la visual, son reordenadas cuando la percepción de este tipo se ve truncada y la calidad de la información no es suficientemente útil para interactuar con el entorno. Entonces, cuando el cerebro se da cuenta que no tiene esa fuente de información o que esta ya no es tan confiable, busca reacomodarse y redistribuir recursos para priorizar las fuentes de información que sí le aporten beneficio. Ahora bien, es fácil imaginar estos cambios en la corteza visual, o en la corteza auditiva, porque lógicamente son las áreas dedicadas a esa percepción sensorial. Pero en estudios sobre integridad cerebral en pacientes con ambliopía y con miopía alta se han visto cambios en zonas que no tendrían relación directa o evidente con el procesamiento visual, por ejemplo, modificaciones en áreas de la corteza frontal, en la amígdala, en el giro postcentral, o incluso en el cerebelo. Porque la percepción no es solo recibir la imagen y “ver”, implica todo el uso que daremos a los datos que la recolección de esa energía nos permitió obtener. Entonces, mientras que para la Drosophila esa foto que le pusimos en frente solo representó bordes, contornos y contraste, para nosotros pudo representar emociones muy profundas, como el amor, la desilusión o el odio.
¿A qué voy con todo esto? Con que la forma en que percibimos, no solo lo que percibimos en sí, sino cómo procesamos esa información y el uso que le damos moldea lo que somos. Entonces, si modificamos esa percepción, variamos la forma en que esos paquetes de información estimulan la retina modificando así los datos el cerebro iría a procesar. Y si esto se vuelve sistemático, entonces esas variaciones de percepción terminarían moldeando otras áreas cerebrales también. Los profesionales de las ciencias de la salud que se dedican a la rehabilitación de sistemas sensoriales, como optometristas y audiólogos, tienen que tener muy en cuenta esto: No se trata de llegar al 20/20, o de conseguir umbrales por debajo de 25dB, estos son indicativos parciales, y es riesgoso asumir con solo este dato que el cerebro de la persona está trabajando de manera óptima con esa adecuación que le hicimos. En el caso auditivo, sonidos puros no determinan la habilidad del cerebro para procesar información compleja como la voz de alguien muy querido. En el caso de la rehabilitación visual, constantemente se nos recuerda que solo la agudeza visual no nos dice mucho, la sensibilidad al contraste puede ser la diferencia entre un abuelito que sufre una caída y otro que no, a pesar de ambos tener 20/20 en su agudeza.
Es importante entender que las decisiones que tomamos en la prescripción auditiva o visual van a repercutir más allá, esa información que estamos moldeando va a tener efectos en todo el cerebro, no solo porque la información perceptual lo hace en sí, sino también porque no corregir adecuadamente la audición o la visión de una persona provocará que ese cerebro tenga que invertir más recursos en ese procesamiento, restándolo de otras necesidades cognitivas como la atención o la memoria.
Entonces, lo que que pretendo con esta lectura es que tengas presente que no jugamos solo con cartillas de optotipos o tonos puros, estamos moldeando la forma en que esa persona (y ese cerebro) entienden su propio entorno. Quien piense que este trabajo es minúsculo debe ser porque no ha llegado a entender las repercusiones de nuestra percepción sobre nuestro propio ser. Tanto el audiólogo como la optometrista son modificadores perceptuales, y como tales, conllevan la responsabilidad de promover y cuidar la integridad del funcionamiento cerebral dentro de sus capacidades.
1 Con esto me refiero a lo que consideramos cognición y personalidad, que sería lo que nos termina definiendo individualmente